Relatos tras el café humeante | Hacerse olvidar

   Lo prometido es deuda. Aquí está la continuación a partir del microrrelato de mi entrada anterior Reto de escritura 5 líneas — Abril 2022.

   La empuñadura de su daga brillaba en la noche por el reflejo de las llamas de la hoguera del campamento. Ella danzaba alrededor del fuego al son de la música arábiga, haciendo volar su túnica en el aire. Joven, bella y temeraria. Diestra con la espada, se había ganado el respeto de aquellos mercenarios andalusíes y cristianos que la habían convertido en su princesa. Pero la flecha surcó el aire y ella cayó. Una represalia…

   El sol estaba en lo más alto cuando volvió a abrir los ojos. El sanador de la partida de combatientes se esmeraba con una herida leve de la que ella adolecía en el costado.

   —Has tenido mucha suerte —dijo él—. El grosor del ceñidor donde alojabas tu daga ha evitado que la punta de la flecha penetrase más en tu cuerpo.

   Ella echó una mirada a su alrededor. Se hallaban bajo los restos de una de las tiendas del campamento. El aprendiz del sanador le asistía en su labor.

   Aquellos mercenarios estaban al servicio del rey navarro Sancho VI el Sabio, monarca que había resuelto enfrentarse a Castilla gobernada entonces por Alfonso VIII, un rey-niño que ostentaba el trono de un reino débil sacudido por las tensiones internas.

   Los ataques de la banda a las caravanas de suministros enemigas habían hecho reaccionar a los sagaces combatientes del bando contrario que, después de seguirlos de cerca sin ser descubiertos, habían aprovechado la noche para efectuar una incursión de represalia asestándoles un duro golpe en su propio campamento.

   Los habían sorprendido con la guardia baja, durante una celebración y, aun así, pudieron esconder a su líder caída para que no fuera hallada. Según los incursores, el rey enemigo había puesto precio a su cabeza. La acción se había zanjado con más de la mitad de los mercenarios caídos, el resto dispersados y el campamento incendiado. Todavía reinaba la noche cuando los atacantes volvieron grupas y los seguidores de la temeraria joven aprovecharon para regresar, recuperar lo que pudieran de entre las cenizas y destrozos, dar alivio a los heridos y enterrar a sus muertos.

   —Necesitaremos un tiempo para reagrupar la partida, sustituir las bajas y volver a estar en condiciones de actuar — dijo a la líder uno de sus lugartenientes—. Mientras tanto, es necesario que permanezcas oculta y que te hagas olvidar. Cuando todo esto pase, volveremos a seguirte allá a donde nos conduzcas. 

   La princesa de los mercenarios consideró la situación preguntándose cuál sería la mejor forma de desaparecer temporalmente sin que el enemigo pudiera dar con su paradero. Y fue entonces cuando ella tomó una resolución un tanto peligrosa: ingeriría pan negro amasado con harina contaminada con cornezuelo del centeno; conservaban un alijo de esta mercancía. Su intención era la de adquirir los síntomas de la enfermedad conocida como fuego de San Antonio en sus fases iniciales que se manifestaban con sensación de quemazón en las extremidades y, dado que, al contrario de Castilla, no existía en tierras navarras un lugar donde tratasen dicha afección de forma específica, acudiría a uno de los tres lazaretos situados en una conocida localidad a la que estos habían dado nombre. Pretextando solicitar tratamiento para su afección, permanecería refugiada allí un tiempo y se haría olvidar.

   El sanador, de origen andalusí y muy versado en enfermedades infecciosas, frunció el ceño.

   —Deberás comerlo con mesura para que el mal no se vuelva irreversible e, incluso guardando estas precauciones, seguirá siendo arriesgado. No sabemos cómo reaccionará tu cuerpo. Algunas personas son más propensas que otras a los síntomas y… podrías llegar a padecer alucinaciones.

   Pero ella ya había tomado la decisión.

   Dejó su hermoso caballo, sus bien forjadas armas y sus ricas pertenecías al cuidado de los suyos para, vestida como una campesina más, encaminarse hacia su nuevo destino. Durante su viaje comió el pan negro hasta que empezó a experimentar las sensaciones de ardor en sus brazos y piernas. Pero el fin de su trayecto ya estaba próximo y, siguiendo la recomendación del sanador de la partida, cesó en la ingesta de la comida contaminada.

   Durante la última noche pernoctó al raso muy cerca de uno de los lazaretos, el que le habían recomendado las gentes con las que se había encontrado por el camino. Esa instalación se encontraba a cargo de un médico llegado desde oriente hacía cierto tiempo. Afortunadamente, no se había visto afectada por alucinaciones, tal vez como consecuencia de un buen cálculo, mera suerte quizás o de algo peor que ya estaba a punto de manifestarse aunque no se hubiera mostrado todavía.

   Al rayar el alba se aproximó a la entrada del lazareto. Llevaba su cabeza cubierta y la boca tapada para evitar propagar el supuesto aliento infeccioso de la enfermedad. Varios ayudantes y discípulos del médico titular le salieron al paso reclamando la presencia del galeno. Este le preguntó sobre la sensación de quemazón que le afectaba y le pidió que le mostrara los brazos. Una diminuta manchita negra aparecía en uno de ellos.

   —¿Has comido pan negro recientemente? —se interesó él.

   —No tenía otra cosa… —mintió ella.

   El médico se dirigió a sus colaboradores.

   —No se trata de peste, lepra u otra afección similar. Es fuego de San Antón.

   —Maestro —dijo un empleado de los nuevos, temeroso—, entonces está maldita por el demonio. ¡No podemos hacer nada salvo rezar por su alma!

   Los discípulos sonrieron adivinando la reacción del galeno.

   —No hay más demonios que los de nuestra imaginación —replico con tranquilidad. Y, añadió dirigiéndose a ella— Has tenido mucha suerte. La enfermedad está en sus inicios. Te curarás, aunque necesitarás un tiempo que pasarás en mis instalaciones. Tras esto, podrás volver con los tuyos, pero evitarás comer pan negro del que no conozcas su procedencia.

   Ella asintió. Realmente había sido afortunada. De caer en otro de los lazaretos no tan versados en sanación, podría haber empeorado e incluso fallecido; sin olvidar la posibilidad de ser expulsada del edificio sanitario para terminar marginada en la zona del pueblo donde vivían recluidos los agotes. Pero, en su caso, el tiempo haría que sus enemigos se olvidasen de ella y volvería a encabezar su partida de mercenarios.

  

2 comentarios sobre “Relatos tras el café humeante | Hacerse olvidar

  1. Hola, Daniel.
    Gracias, primero de todo por tu visita a mi blog :-9
    Y por tu relato he dejado viajar mi imaginación y mis conocimientos. El alma mora siempre queda ahí, con su impronta, y estos textos siempre me atrapan.
    Un beso enorme y feliz fin de semana largo.

    Le gusta a 1 persona

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s