Relatos tras el café humeante | La ermita

   Intenté imaginar lo que podría sucederle a la princesa de los mercenarios tras ingresar en el lazareto para ser tratada de su afección. A veces, esto nos sucede a todos, comenzamos a elucubrar y… una cosa te lleva a la otra.

   Varios días habían transcurrido desde que la líder de la heterogénea partida de combatientes cristianos y andalusíes decidiera refugiarse en las instalaciones sanitarias de aquel médico venido de oriente. La tarde era soleada y apacible. Animada por la ligera mejoría que experimentaba, decidió dar un paseo por los alrededores.

   Entonando en voz baja una canción que le recordaba a su infancia, llegó hasta un pequeño montículo desde el que se divisaba un camino cercano. Había un roble solitario. Sus ramas, mecidas de tanto en tanto por un ligero viento, invitaban con ese sonido a detenerse cerca y hacer volar la imaginación; tal vez recordar. Tarareando el estribillo de la cancioncilla, se quedó observando el camino. Nadie deambulaba por él. Así pasó un rato mientras contemplaba como descendía el sol.

   Entonces vio a dos mujeres siguiendo el ancho sendero. Por sus atuendos, las identificó como agotes. Una de ellas aparentaba estar bien entrada en años a juzgar por su postura al andar, algo encorvada. La que le acompañaba era mucho más joven, quizás una adolescente. Parecían tener prisa mientras avanzaban hacia un punto donde el camino se ocultaba entre el follaje de un espeso bosque. Incitada por su curiosidad, decidió seguirlas procurando que ellas no se dieran cuenta.

   En un pequeño claro entre aquella fronda, la senda pasaba junto a una ermita. Escondida entre unos arbustos, la líder de los mercenarios observó como ambas mujeres entraban en ella. Esperó unos instantes antes de acercarse a la puerta que permanecía abierta. Hecho esto, escudriñó el interior. Las agotes se encontraban arrodilladas ante el pequeño altar tras el que se hallaba un austero crucifijo de madera. Ensimismadas, oraban. Se alejó del umbral y esperó oculta tras uno de los troncos a cierta distancia.

   No tuvo que aguardar mucho para verlas salir y, mientras pensaba como volver a seguirlas, irrumpió en el claro un grupo de unos cinco hombres armados. Parecían pertenecer a la guardia del señor de aquellas tierras. Cierto movimiento había observado antes entre unos arbustos altos pero, al no volver a atisbar nada posteriormente, creyó que los que lo causaban ya se habían ido del lugar. Se lo recriminó ella misma; se trataba un error que no podía permitirse, nunca más, so pena de ver comprometida su vida. Es posible que la estancia en el lazareto estuviera haciendo que relajara sus precauciones… Todo había sucedido en el tiempo de una exhalación. Dejó estos pensamientos para centrarse en las mujeres.

   —Daos presas —dijo el que mandaba el grupo de soldados—. Sin oponer resistencia, por vuestro bien.

   Las agotes se mostraron extrañadas y temerosas a un tiempo. El jefe del grupo prosiguió.

   —El carpintero del pueblo os ha denunciado por brujería. ¿Qué estabais haciendo en la ermita?, ¿mancillarla?

   —No hemos cometido falta alguna —replicó la anciana.

   —Solo estábamos rezando —añadió la joven.

   —Flaco argumento para cuando comparezcáis ante las autoridades. Más os valdría confesar.

   La princesa de los mercenarios, encolerizada ante la falsedad de la acusación, resolvió intervenir. Poniendo su mano sobre la ropa que cubría su daga de la que nunca se separaba, se plantó ante los guardias. Intentaría razonar por las buenas pero, de no conseguirlo, bueno… solo eran cinco.

   —Ellas solo estaban orando. Doy fe de ello.

   El jefe del grupo se le aproximó.

   —Vaya… una campesina entrometida —hizo una pausa y prosiguió—. Igual te gustaría acompañarlas.

   Entonces, cuando intentó dar un paso para después agarrarla por el brazo, una flecha surcó el aire con un silbido característico y fue a clavarse en el suelo, junto a su pie. Al instante apareció un nutrido contingente de jinetes, parte de ellos con sus arcos dispuestos para ser usados. Ella les miró de reojo y sonrió al reconocerlos: eran de su partida.

   —¿Quién se atreve a interferir en los asuntos del señor de este feudo? —bramó él, ofendido.

   —Somos de la partida de la princesa —respondió el lugarteniente de la misma.

   El que mandaba a los guardias cambió su semblante mostrando una actitud más diplomática.

   —¡La compañía de la princesa de los mercenarios! —exclamó admirado—. Dicen que incluso el mismo rey Sancho habla directamente con vosotros cual compañero de armas de toda la vida.

   —Cierto es. Y no le gustaría saber que la guardia del señor de Los Lazaretos se dedica a perseguir inocentes mujeres en lugar de velar por los habitantes y protegerles ante las incursiones de los castellanos.

   —Mejor será que dejéis estar a las dos agotes y a la campesina —dijo otro de los mercenarios—. Ni al rey ni al señor de estas tierras placería que hubiera un desencuentro entre dos grupos de combatientes que deben trabajar unidos para preservar vidas y haciendas.

   El jefe de los guardias meditó durante un momento. Ellos les superaban en número e iban a caballo. Por otro lado, bien pudiera ser que el carpintero actuase llevado por la envidia, ya que los agotes recibían los mejores encargos para trabajos con la madera.

   —Al diablo con el carpintero —resolvió. Y, añadió dirigiéndose a los que le seguían—. Nos vamos.

   Y abandonaron el claro dejando allí a la campesina con las dos mujeres, la anciana y la joven, rodeadas por los mercenarios. Esta última habló entonces.

   —Acudimos a rezar aquí porque mi abuela no puede hacerlo en la iglesia del pueblo. La puerta por la que debemos acceder los agotes al interior del templo es tan baja que nos obliga a entrar agachados. Mi abuela es muy mayor y ya no puede doblar la espalda.

   El lugarteniente asintió convencido de la inocencia de ambas. Luego echó mano a sus alforjas, extrajo una pequeña bolsa llena de monedas y se la entregó a su líder actuando como si nunca se hubieran conocido.

   —Nuestra jefa, la princesa de los mercenarios, vería con buenos ojos que os ayudásemos con esto.

   —Os lo agradecemos —respondió ella—. Esperó llegar a conocerla algún día.

   —Pronto estará cabalgando entre nosotros.

   Y, dicho esto, los jinetes iniciaron el regreso hacia su campamento al tiempo que el lugarteniente les anunciaba.

   —No os preocupéis, que hablaremos con el carpintero para que desista de sus intenciones.

   No hubo nada más. El silencio alrededor de las tres, tan solo roto por el cantar de unos pájaros y la brisa con su característico sonido al atravesar las hojas de los árboles. El sol estaba más bajo. Pronto anochecería.

   —Quedaos vosotras con la bolsa —dijo ella—. La necesitáis más que yo.

   —No sería justo —replicó la anciana—. Toma la mitad y nosotras nos llevaremos el resto.

   —Mejor haremos tres partes —expuso—, una para cada una de nosotras.

   La más joven se le acercó poniendo las manos para recibir las monedas.

   —Deja caer las monedas sobre nuestras manos sin tocarnos. De lo contrario, te transmitiríamos nuestra maldición.

   —Realmente no hay maldición alguna —alegó la anciana—, pero a los agotes nos está prohibido tocar a los que no lo son.

   Ella extrajo para sí unas pocas monedas de la bolsa, la volvió a cerrar y la dejo caer sobre las manos de la joven que la recibió con destreza.

   —Así os será más fácil —dijo.

   —Gracias, muchas gracias —manifestó la joven.

   —Muchas gracias… princesa —susurró la anciana en voz muy baja.

   Intentó disimular su sorpresa. Al parecer, la abuela había vislumbrado algo más en las miradas que se cruzaran entre ella y su lugarteniente, y había atado cabos. Ambas se miraron y la mayor asintió en silencio, dando entender que su secreto estaba a salvo con ella. Sonrieron.

   —Os seguiré a distancia un trecho —dijo la líder mercenaria—, hasta asegurarme de que llegáis a salvo.

   Los tonos rojizos del crepúsculo asomaban por encima de las colinas cercanas. No tardaría en caer la noche. Las agotes caminaron de regreso a su hogar y la princesa las siguió unos cuantos pasos por detrás.

  

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