Relatos tras el café humeante | El fugitivo (II)

   En la entrada anterior habíamos dejado a la princesa de los mercenarios junto al herido que custodiaba ocultos entre la vegetación. Al mismo tiempo, el grupo de agotes que les acompañaba se esforzaba por despistar a los recién aparecidos jinetes que iban tras los pasos del fugitivo al que escondían.

   Sin embargo, uno de los perseguidores, se había percatado de algo… y no le gustaba.

   —¡¿No os habéis dado cuenta?! —exclamó aterrado— ¡Son agotes! ¡Mirad los símbolos que llevan sobre sus ropas!

   —¿Agotes? —reaccionó el que mandaba— ¿Qué significa eso? Nunca oí hablar de ello en las tierras de donde vengo.

   —¡Es una raza maldita, enferma, que puede transmitir la lepra e incluso cosas peores! ¡No les toquéis!

   El que parecía llevar la voz cantante entre los marginados decidió sacar partido de la situación. Era una persona inteligente y cultivada.

   —Eso son falsedades que se propagan por envidia hacia los nuestros —expuso—. Ciertos artesanos mediocres, que se creen maestros, no pueden soportar que nuestros trabajos con la madera superen en calidad y belleza a los suyos.

   El argumento parecía convencer al líder de los perseguidores. El agote insistió.

   —Mirad mis manos —se las mostró—. Limpias de toda mácula —y añadió—. También se cuenta de nosotros que tenemos rabo como el diablo. ¿Vos me lo podéis ver a mí? —se levantó su hábito por la parte posterior hasta la altura de los glúteos para demostrarlo.

   —En verdad —reconoció el jefe de los jinetes—, todo ello me huele a cuentos de viejas.

   —Porque lo llevan escondido —protestó su subordinado.

   —¿Escondido?, ¿cómo se puede esconder un rabo tan largo? —replicó el otro.

   —Con magia. ¡Se dice que también son brujos! —intentó convencerle, cada vez más asustado.

   Había llegado el momento de explotar el éxito.

   —Son mentiras vertidas para envenenar —prosiguió el agote— ¿En verdad pensáis que viviríamos rodeados de miseria si pudiéramos lanzar sortilegios para remediarlo? Más mata la mala lengua que la mano del verdugo.

   —Eso es bien cierto —reconoció el jefe.

   —Pero… —intentó intervenir su subordinado.

   —Como lo que se cuenta sobre el hermoso bosque que veis algo más lejos —le interrumpió el marginado—; que los que se internan en él desaparecen y nunca más se vuelve a saber de ellos, que allí viven unas poderosas hechiceras o unos seres mitológicos… Todo para evitar que alguien se haga con la preciosa madera. Dios nos asista porque, lo único que se consigue con esto es que, al no haber nadie en ese paraje, se refugien en él malhechores y otras gentes semejantes… Fugitivos también, por supuesto.

   El hábil orador había dado en el clavo. Entre los perseguidores, unos querían adentrarse en aquel bosque, convencidos, debido a la información facilitada por el agote, de que darían con el huido. Los otros, los temerosos, pretendían volver sobre sus pasos por si el fugitivo les había dado esquinazo con anterioridad, pero sin arriesgarse a penetrar en la foresta vedada. El jefe del grupo y la mitad de sus hombres, sin pensarlo dos veces, galoparon hacia el bosque mientras los demás permanecieron sin atreverse a moverse. El líder de los agotes les dio el último empujón.

   —Y todavía no os he contado lo que se dice de nuestras varas según lo que, con tan solo tocarlas, transmiten la lepra y la peste; o que están envenenadas —aproximó la suya hacia el perseguidor aterrado mostrando una maléfica sonrisa—. Pero eso no es cierto. Vos lo podréis comprobar si la cogéis…

   Esto provocó tal reacción entre los asustados jinetes que, presas de un terror comparable al de sus peores pesadillas, espolearon sus monturas volviéndose por donde habían venido. Los agotes esperaron unos instantes para poder reírse a placer de aquellos incautos. Ya no se divisaba a ninguno de ellos, por lo que corrieron al improvisado escondite donde aguardaban el herido y la que para ellos era una campesina, tomaron la camilla y reemprendieron la marcha hacia el lazareto. Por el camino comentaron, entre burlas, la suerte que iban a correr los perseguidores: los que habían huido no pararían hasta llegar a tierras castellanas y, los que se habían dirigido al bosque prohibido… bueno… esos no volverían nunca… vivos no, desde luego. Ella sonreía e incluso participaba de sus risas como si los conociese de toda la vida.

   Finalmente, llegaron al lazareto. El médico y sus discípulos salieron a recibirles y, al percatarse aquel de la gravedad de la herida, ordenó que lo trasladaran rápidamente a una de las salas preparada para el tipo de intervención que se requería. Habiendo recuperado la consciencia, el fugitivo intentó persuadir al facultativo para que le permitiera informarle de quién era él antes de iniciar su curación; en los otros dos lazaretos cercanos se habían negado a auxiliarle a causa de ello, ya que no querían tener problemas en un futuro próximo. Pero el médico resolvió proceder al tratamiento de la herida sin más demora, y tranquilizó a su paciente alegando que ya tendrían tiempo de hablar sobre estas y otras cosas más adelante. Los agotes decidieron aguardar el resultado de la intervención acomodándose en unos bancos de piedra situados en un patio ajardinado en el interior del recinto sanitario, y ella corrió junto al galeno por si podía prestarle algún tipo de ayuda. Pero él la hizo esperar junto a la puerta de la sala donde iba a actuar auxiliado tan solo por varios de sus discípulos mejor preparados.

   Transcurrieron varias horas que se le hicieron interminables y, finalmente, la puerta de la estancia se abrió.

   —Hizo bien en no intentar extraerse la punta de la flecha él solo y limitarse a romper el astil. Eso ha sido crucial para poder salvar su vida —dijo el médico al tiempo que se asomaba—. Pero tú ya estás habituada a eso, ¿no es cierto, campesina?

   —Yo…bueno… —no supo cómo reaccionar.

   ¿Habría descubierto su verdadera identidad? No le gustaba la idea de tener que silenciarle, si llegaba el caso. Él optó por tranquilizarla.

   —No te preocupes. Solo tuve que reflexionar un poco para deducir quién eras. Pero puedes contar con que tu secreto permanecerá a salvo… mi señora.

   —Yo no soy señora de nadie. Tan solo…

   —Si te preocupas por la suerte que corren los necesitados y los débiles, sí lo eres; de ellos y mía también —inclinó ligeramente su cabeza en señal de respeto.

   El médico le comentó la conversación que había mantenido con el herido, un miembro de la congregación religiosa de los Hermanos Hospitalarios de San Antonio, dedicada a la curación de las afecciones derivadas del Fuego de San Antón en un hospital situado en tierras de Castilla. Llevado por su buena fe, expresó su deseo de compartir sus conocimientos con los médicos y sanadores del otro lado de la frontera, en Navarra, donde todavía no existía ningún centro sanitario especializado en esa enfermedad. A pesar de que no hubo ninguna objeción al respecto dentro de su comunidad, el señor de esas tierras no estaba dispuesto a que se compartieran tales saberes con el enemigo. El hermano Gonzalo, que así se llamaba, había huido y estaba siendo perseguido por los soldados del noble. Curado y habiendo recuperado la consciencia, le había ofrecido sus servicios y él los había aceptado sin dudarlo. Ahora descansaba plácidamente, ya fuera de peligro merced a los cuidados de los que atendían el lazareto. En cuanto estuviese recuperado empezaría a trabajar con ellos.

   —Casi es la hora de comer y tus amigos agotes han esperado pacientemente a qué les diéramos noticias —dijo el galeno—; justo es que se alimenten en nuestra mesa y les hagamos partícipes de las buenas nuevas. ¿No te parece?

   Ella asintió alegre.

   —Ve a hablar con ellos pues.

   La princesa de los mercenarios corrió en busca de los agotes, les informó de lo sucedido y les acompaño hasta la mesa donde, junto a ella, compartieron la comida con el médico y su personal sanitario. Fue un feliz colofón para una jornada cargada de ajetreo.

   Poco tiempo después, llego el momento de la despedida. Ella, totalmente recuperada, debía volver con los suyos. Se dirigió a un punto apartado, no muy lejos del lazareto, acompañada por el hermano Gonzalo y el médico al que tanto tenía que agradecer, los dos únicos que sabían su secreto y se habían comprometido a preservarlo. Un pequeño grupo de combatientes a caballo que pertenecían a su partida se encontraron con ellos. El lugarteniente le entrego unas pertenencias a la campesina que, tras ocultarse entre la vegetación, salió de ella momentos después luciendo su verdadero atuendo, el de comandante de aquella tropa formada por cristianos y andalusíes.

   Los jinetes que no lo habían hecho antes, descendieron de sus monturas e invitaron a la princesa y a sus acompañantes a que les siguieran hasta una arboleda en cuyo centro, dijeron, hallarían un amplio claro.

   Y, nada más penetrar en él, se encontraron con un nutrido contingente de mercenarios que, situados junto a sus respectivas cabalgaduras, prorrumpieron en vítores dedicados a su líder.

   —¿Tantos se han unido a nuestra partida? —preguntó ella emocionada.

   —Más de cien, mi señora —respondió otro de sus oficiales—. Todos con experiencia y excelentemente entrenados.

   Miró a su alrededor satisfecha. ¡Más de cien jinetes!

   —Todos te seguirán adonde vayas —dijo solemne su lugarteniente—; todos lo haremos.

   El medicó y el hermano Gonzalo, admirados, se hallaban detrás de ella. Se habían quedado sin palabras. Uno de los combatientes se aproximó a la princesa llevándole su caballo sujeto por las bridas. Era un hermoso ejemplar árabe, con su color blanco salpicado de tonos grises. Ella se le acercó para poder acariciarlo; ¡cuánto lo había echado de menos! Así estuvo unos instantes; luego, se volvió.

   —Médico —dijo tomándole ambas manos—, os debo muchísimo —y se las besó.

   —Me habéis pagado con creces con todo el bien que habéis hecho a las gentes desfavorecidas —besó las suyas.

   —Hermano Gonzalo —hizo otro tanto con el religioso—, no dejéis nunca de apoyaros ambos con vuestros conocimientos.

   —Contad con ello —afirmó devolviéndole el gesto.

   Entonces subió a su caballo.

   —No os olvidaré nunca —prometió—. Y espero volver a veros algún día.

   —Los juglares y trovadores cantarán vuestras hazañas —replicó el galeno.

   —Y los goliardos también —añadió el hermano Gonzalo.

   —Eso —confirmó el que dirigía el lazareto—, los goliardos también.

   Contemplaron como ella daba la orden de marchar al paso, al tiempo que varios de los jinetes espoleaban sus monturas disponiéndose a dar seguridad al grueso por los flancos mientras que otros hacían lo mismo para adelantarse en vanguardia. Tres o cuatro esperaban a que la columna se moviera para situarse protegiendo la retaguardia.  Espadas rectas con el símbolo de la cruz y espadas curvas; arcos compuestos, lanzas con sus puntas centelleando con la luz del día y escudos diversos. Gonzalo y el galeno los observaron mientras se alejaban.

   —Más de cien —apreció el religioso—; una numerosa partida.

   —Ahora ya es toda una compañía —dijo el otro.

   La princesa de los mercenarios cabalgaba junto a su lugarteniente y varios oficiales. Tenían algo importante que decirle. El monarca navarro Sancho VI estaba interesado en que acudieran a prestar ayuda a Muhámmad ibn Mardanís, rey de las taifas de Murcia y Valencia, en su lucha contra los almohades.

   —Muhámmad ibn Mardanís —murmuró ella—, el famoso Rey Lobo.

   —Aun así —expuso su lugarteniente—, el rey Sancho insistió en que se trata de una solicitud, puesto que os admira tanto que es consciente de que no debe daros órdenes.

   —El Rey Lobo —continuó musitando ella sonriente. Y resolvió—. Sea, acudamos a apoyar al Rey Lobo.

   Unos mercenarios andalusís y cristianos enviados por un monarca cristiano, enemigo en ese momento de Castilla, para auxiliar a un rey andalusí en su lucha contra otros musulmanes venidos del exterior de la península; una situación histórica curiosa cuanto menos.

   Cuando la hueste de la princesa de los mercenarios paso cerca de la linde del bosque vedado, un grupo de agotes de los que no eran como los del resto de su comunidad le saludaron agitando sus características varas; esos agotes no portaban campanillas, se encargaban de salvaguardar el bosque prohibido y, en adelante, también velarían por la seguridad del hermano Gonzalo. Ella les respondió levantando su mano al tiempo que el reflejo de la luz del sol hacía brillar la empuñadura de su hermosa daga.   

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